Simplemente Rosa Elvira


Para mi abuela

Por: Tania Luna Blanco*

Se llamaba Rosa Tulia Silva de Luna, aunque firmaba como Rosa S. de Luna y todo el mundo la conoció como Rosa Elvira, Rosita para los más cercanos. Su segundo nombre es un misterio hasta hoy, aunque especulo que quiso llamarse Rosa Elvira. Quizá no le gustaba el Tulia y a lo mejor, debería evitar mi énfasis en ese dato, llamándola simplemente Rosa Elvira.  

Nació un miércoles 25 de diciembre de 1929 en Ipiales (Nariño) en Colombia, al sur del país, en una época en la que el mundo caía en medio de la Gran Depresión y años antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial. Colombia no solo vivía el resonar de la tragedia económica sino también la socio-política. Rosa Elvira venía al país de la Masacre de las Bananeras, denunciada por Jorge Eliecer Gaitán un septiembre; de los conservadores en el ocaso del poder, luego de cuarenta y cuatro años en la presidencia de la República; de los liberales pregonando el fin de la hegemonía conservadora y el inicio de su mandato; del comunismo anunciándose como la amenaza del siglo XX; de la industria naciente; de los hombres en el trabajo y en la política y de las mujeres en la casa y para la maternidad.

En el año de su nacimiento Rómulo Gallegos publicaba Doña Bárbara y Ernest Hemingway, Adiós a las armas. Fleming descubría la penicilina y Stalin se instalaba en la Unión Soviética, casi al tiempo que Mussolini lo hacía en Italia, mientras el país que la recibía se tejía y se destejía viviendo violencias de todo tipo en el cambalache de la vida. 

Quizá su biografía estuvo alejada de los oleajes de la historia, como privilegio de vivir en un municipio pequeño o, tal vez, los recibió con la preocupación de una madre que ve muy cerca el final de los tiempos y que ejerce con total amor y dedicación la humana tarea de cuidar de otros. 

Con frecuencia me pregunto de qué manera recibió los acontecimientos más grandes de la historia de este país, así como sus propios grandes acontecimientos: encontrar al hombre que amó -su viejo-; tener a dos hijos: un homeópata –mi tío-, a un teatrero – mi papá- y a una hija economista que tuvo que ser su adoración –mi tía-. Quizá alguna pérdida reproductiva -como era costumbre en la época-; y rodearse y rodear permanentemente a su grupo familiar –en principio su hermano y sus dos hermanasincluyendo una religiosa-. Una familia que tuvo que ser tan extensa y numerosa como eran las familias de aquel entonces, compuestas de lazos de sangre y de lazos invisibles, que atan, incluso más que los consanguíneos, por la fuerza de la presencia, la tradición y la costumbre, poblando las relaciones familiares con tíos y tías, sobrinos y sobrinas, primos y primas, padrinos y madrinas, comadres, compadres, papás, mamitas, entre muchos otros.  

Rosa Elvira murió un domingo 24 de agosto de 1986 con tan solo 57 años. Murió ocho días después de que yo naciera, un viernes 15 de agosto de 1986.

Con frecuencia tiño mi cumpleaños de un halo de melancolía. Imagino el drama de una familia que vive en una semana la felicidad y la tristeza, el saludo de bienvenida a una nieta e hija y la más dolorosa despedida a una abuela y madre.

Para mí los hospitales representan la paradoja de la finitud de la existencia. Nacemos sabiendo que inexorablemente tendremos que irnos algún día. En algunas habitaciones un ser recién nacido llora, ríe, toma la mano de otro y se resiste a abrir los ojos. En otras, personas como Rosa Elvira se despiden de los que más aman, sueltan para siempre las manos de otros y cierran sus ojos. 

Camino recordándola porque solo tengo de ella un recuerdo construido: las piezas de un rompecabezas que he intentado armar con el tiempo; las historias que me cuentan sobre cómo me llamaba y me imaginaba antes de nacer: “su negrita”; la sorpresa que se llevó cuando supo que había nacido y que era blanca, rubia y regordeta;  la muñeca que pidió que me compraran cuando nací para recibirme en este mundo que ella dejaba; el cariño que se refleja en los ojos de sus hijos cuando hablan de ella evocando la bondad de su “mami”; la inocencia con la que veía la vida; su desprendimiento infinito; el buen humor que parezco haber heredado, así como el arte de contar historias y entretener a la audiencia; el misterioso episodio que cuenta mi mamá sobre su espíritu visitando mi cuna; su afección, su recuperación y el absurdo contagio de una enfermedad hospitalaria. 

Rosa Elvira se fue dejándome muchas preguntas sin resolver, pero, extrañamente, también me dejó su cariño. Por alguna razón siento su profundo amor anclado en el pecho y busco en sus hijos rastros de ella que puedan existir en mí. Miro sus fotografías y pienso si pudo imaginar todo lo que desencadenaría con su llegada al mundo ese 25 de diciembre de 1929, porque sin ella, yo no existiría, ni escribiría estas páginas. 

Algo me dice que la historia continúa siempre con nosotros, ahí donde los que más queremos tuvieron que dejarla. Algunas veces los domingos cierran las semanas cuando saben que un viernes anuncia nuevos tiempos. Mi abuela se iba ese domingo de agosto de 1986 sabiendo que su nieta, la negrita, había llegado al mundo el pasado viernes.

Su negrita nacía en unos ochenta convulsionados que sin duda marcarían para siempre el quien sería, con un afán de atar cabos, encontrar pasados y reconstruir historias. Viviría con el agridulce sabor de un nacimiento que fue también pérdida, pero con la convicción de sentirla inexplicablemente presente aun después de tantos años de ausencia.  

Sigo preguntando por ella, por la vida que vivió y por la que quizá hubiera podido vivir junto a mí. Quizá, en su tiempo, las mujeres vivían la vida que podían vivir. Me gusta pensar que en el mío las mujeres podemos vivir la vida que mujeres como mi abuela Rosa soñaron, pero que su tiempo no les permitió vivir.

Vivir sin ella, pero soñando por las dos, más allá del paso del tiempo, se ha vuelto mi bandera. 

Escúchalo aquí

Una respuesta a “Simplemente Rosa Elvira”

  1. No me canso de leer y leer este escrito que narra, con todo el sentimiento, el paso por la vida de una mujer tierna y bondadosa que nos amó hasta el sacrificio, mi madre. Gracias Tania por reivindicar la memoria de tu abuela que se fue de este mundo cuando tú llegaste.

    Le gusta a 1 persona

Replica a JULIO CÉSAR LUNA SILVA Cancelar la respuesta