Tania Luna Blanco

Aún abrazo su cuerpo a mi cuerpo. Mi cabeza descansa en su pecho y siento en mi oído su latido. Mi pelo castaño y rebelde se esparce por la almohada junto al de ella, negro y rebelde. Nuestro color de piel es distinto. Ella trigueña y yo blanca, para mí no alcanzó más color al momento del diseño. Mi mano la abraza posesiva y ahí junto a ella, nada falta. Nuestras respiraciones logran diluir el tiempo y espantar los malos pensamientos.
Cuando tenía cinco años recuerdo a mí mamá contarnos a mi hermano y a mí historias para dormir. Una noche, basándose en un versículo bíblico, nos contó que los padres pueden faltar y que, si eso llegase a pasar, igual Dios acompañaría a los niños: “Si tu madre y tu padre te dejaran, con todo Jehová te recogerá” –Decía–.
–¿Faltarán? ¿Por qué? –pregunté sobresaltada–.
–Porque se mueren. –Explicó mi hermano en tono de obviedad, mostrando con las muecas de su rostro lo tontas que podían ser algunas preguntas–.
Fue la primera vez que me hablaron sobre la muerte. Lloré toda la noche. Simplemente no podía recordarlo porque lloraba. Lloré muchas noches en años distintos. Mis ojos se nublan mientras escribo esto. Pensaba que nadie podía ser tan malo para quitarte el pecho que te da tranquilidad, la respiración con la que respiras, el cabello que se parece al tuyo, el espantador de malos pensamientos y el diluyente del tiempo.
Dejo de abrazarla porque ya no soy esa niña. Me abrazo a mí misma, pero queda la sensación de vacío. Ya no puedo ser con ella. En algún punto debo caminar sin necesitarla tanto. En este momento de mi vida no debería necesitarla tanto.
La alejo por no reconocer que quiero sentirla cerca y siento que le molesta que la separe. Entiende que desde hace años intento, con múltiples actos de rebeldía silenciosa, separar nuestras vidas. Iniciar una vida donde alguien no me conozca tanto. Una donde no pueda perderla.
Juntas y al tiempo, distantes. Caminamos juntas porque la vida parece a veces reducirse a una sucesión de pasos. Respiramos al unísono, importando poco si descanso o no en su pecho.
Gornick nos muestra en Apegos feroces[1] la relación de una madre mayor y una hija madura. Caminan juntas por Manhattan, amándose y odiándose de maneras ruidosamente silenciosas. Leerla por vez primera es preguntarse necesariamente por la ferocidad de los apegos propios. Esos que quieren hacer del cuerpo de otros, extensiones del cuerpo propio.
El presente de estas mujeres tiene sentido en tanto existan todavía en sus pasados. Sus pasados se conectan por la fuerza de sus recuerdos y la recreación del tiempo parece permitirles estar cerca, más cerca que caminando juntas.
Las mujeres de Gornick son universos complejos. Quieres saber más de ellas, quieres entenderlas, quizá fantaseando con entenderte. ¿Qué significa ser judía, ser feminista, ser socialista, ser mamá, ser hija, ser esposa, ser viuda, ser divorciada, ser escritora? Demasiado ser puede encerrar inexistencia.
Gornick escribe y se escribe. Su escritura es honestidad. Una escritora, después de todo, es también una mujer atravesada por sus miedos: “(…) Cuando pierdo la batalla del pensamiento, los límites se estrechan, el aire se contamina, la luz se nubla. Todo es vapor y niebla, y me cuesta respirar” (103). Grita que no puede trabajar ni pensar, mientras sueña con “una vida normal”.
Decora su espacio de trabajo buscando que un rectángulo en su pecho, de donde nace momentáneamente la claridad del pensamiento, se ensanche, iluminándola al escribir. Un hombre en su vida desaparece y se permite un escritorio a su medida: “suficientemente alto, suficientemente macizo y suficientemente manejable” (150).
Escribe. Sin embargo, no solo espera por ella el cursor en la página en blanco, sino también las mujeres de su vida. Puede verlas, la acusan de tener asuntos pendientes. Su escritura se bloquea tanto como a veces se bloquea la vida.
Llego a la página 195 del libro y trato de leer lentamente, saboreándome cada palabra. Mis apegos también son feroces. Tengo este libro conmigo hace unas semanas y parezco sentirme en capacidad de reclamarle que no se acabe. Siento que me invita a caminar con mi escritura conversando con las mujeres de mi vida, una tras otra, mirándome en sus ojos.
Quizá la vida, más allá del acto biológico de la maternidad, nos reconoce como portadores de madres en nosotros. La madre en Gornick habla con la madre en mí; así como las madres de Apegos feroces hablan con la de ella: “La madre que habitaba en ella había oído a la que habitaba en mí” (89).
Sus apegos saludan a los míos, pero también sus bloqueos creativos y la vulnerabilidad con la que abraza el mágico acto de escribir.
[1] Prólogo de Jonathan Lethem. Traducción de Daniel Ramos Sánchez. Ed: Narrativa Sexto Piso.
Una respuesta a “Apegos feroces y bloqueos creativos: Leyendo a Vivian Gornick por primera vez”
Ya me lo quiero leer!!!
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